- ¡Aaaaaaaahhhhhhgggg!
El sonido de la voz estridente lleno todo el espacio de aquel cuartucho, e incluso escapo por los accesos hacia el exterior, donde alguno o algunos incautos pudieron escuchar aquel berrido de macho en celo. El viejo chicharronero lo estaba disfrutando bastante y comprobaba como, efectivamente, el interior de esta mujer era cálido y aprisionante. El vaivén que el proponía era el de un desquiciado, tal cual, pues llevo la mano derecha al aire para propinarle tremenda nalgada a la joven, sin temor ni respeto, acción que repitió repetidas ocasiones, dejándole rojos los finos glúteos.
Por su parte, Faustino se reincorporo de inmediato poniéndose de pie para que su verga quedara a la altura de la boca de la chica; su miembro estaba una vez más firme y contundente, apuntando directamente a ella, así que la labor de la nena era inexpugnable. En la boca de la niña apenas se podía quedar quieto aquel negruzco ser, pues atrás de ella era empujada con desmedida. Así que ella se apañaba, como podía, sus habilidades atléticas desarrolladas, talvez, en el voleibol, salían expuestas, tratando de sujetarse con sus manos, clavando bien las rodillas al colchón, procurando que aquello se volviera una perfecta simultaneidad; Faustino le penetraba por la boca y Candelario hacía lo propio por su calidez carnal.
Cielo Riveros resistía cuanto podía, su conciencia se alejaba poco a poco de ella, lo poquito que le quedaba le hacía sentirse incomoda, pues el vigor de la penetración del viejo era aún mayor que el de su enano amigo. El acto era el de dos hombres sonrientes y una mujer sufrida; de los rabillos de sus ojos discurrían ínfimas cantidades lagrimales cada vez que sus bellas pestañas se estrellaban unas contra otras al apretar sus brillosos ojos.
La boca de la jovencita se desaparecía entre la negrura de la verga del enano; sus rosados labios estaban hundidos en el escondrijo formada por los pelos que cubrían toda la base del miembro de este sujeto, incluso algunos se le metían en las fosas nasales. La garganta de la joven exponía bien su tráquea, y se podía describir como una ligera protuberancia aparecía y desaparecía, subía y bajaba, que era precisamente la verga que se deslizaba a través de ella, todo esto debido al frenético ritmo del bombeo que practicaba el viejo Candelario.
El enano con cada arremetida preferia aguantar funcionando como una especie de pared en la que la mujer era impactada, a veces el mismo procuraba empujarse a ella en el momento en el que era empujada hacia él, provocando que Cielo Riveros no tuviera la más mínima posibilidad de sacar siquiera un milímetro ese falo de su boca, aguantando estoica, encorvando lo máximo posible su atlético cuerpo. Pero era tal la fuerza que aplicaba el Candelario que Faustino en varios momentos termino siendo empujado, sin generarle más complicaciones, pero teniéndose que agarrar de los cabellos de Casandra para mantener la verticalidad necesaria.
Evidentemente cuando la chica quería desatorarse le era imposible, apenas creía haber encontrado la oportunidad de, más que nada, de poder sacarse la verga de la boca cuando ya era arremetida. Para ella ya era, más que desagradable, incomodo, la boca la tenía llena de carne, sentía que se le hacía ausente una respiración adecuada. El viejo la agarro de la cabeza y empujo inmisericorde. Ella sentía tremendas ganas de vomitar conteniéndose a cada rato, llorando tan solo.
El enano gritaba como alguien lamentándose, era evidente que estaba a punto de sucumbir en batalla, tratando de resistir todavía más, haciendo fuerza casi sobrehumana, la que no había hecho ni siquiera trabajando. Tanto estaba concentrado en eso que menospreciaba la integridad física de la chica, aferrándose con gran fuerza de los cabellos de la colegiala sin temor a causarle dolor o simplemente arrancárselos de su cuero cabelludo.
Las arcadas, la falta de aire, quería escapar a cualquier otro lugar, mirando a todos los lados posibles, quería liberarse, Casandra estaba a punto de asfixiarse. Entonces con su mano derecha protesto, golpeando con la palma extendida la pierna izquierda de Faustino. De pronto ella sintió que este ejerció más fuerza que nunca, pues sintió el rigor en el jaloneo de su pelo que creyó que la despelucarían. Sintió como aquella polla se mantuvo detenida de cualquier movimiento, notando como algo discurría por su faringe y caía en su estómago. Aquel se había corrido.
Las terribles y lamentables chillidos del enano se apagaban de apoco. Finalmente, con terrible sonrisa, atendió la llamada de auxilio y saco su apestoso miembro de la muy humedecida boca. Mientras le miraba con innatural agradecimiento infinito, así como con el deseo apagado que resume una frustración que aguardara cuando no la tenga como en ese momento, que la veía bastante sometida.
Cielo Riveros expreso un quejido conmovedor, jadeaba apenas para respirar, notando algo viscoso en la boca y que caían abundantes sobre las cobijas, sus propias y copiosas salivas que habían estado lubricando en extremis y parte de la leche que el pequeño sujeto disparo sin cesar.
Candelario observaba desde su perspectiva aquella escena tan candente, sintiendo un dejo de envidia. Así que acelero sus enfermizos movimientos, tomándola de sus cabellos, y atrayéndola hacia él, causando en ella un gemido inevitable.
Faustino respiraba a la par de la mujer, cansado, recuperando el aire, como excitado al verla respirar, su carnosa boca abierta, viéndole los ojos llorosos, apenas un poco de rímel corrido, le fascino verla así, según él, como una puta. Y la beso, no importándole que aquella boca recién hubiese hospedado su propia verga y quedara aun su propio semen.
La chica volvía a sentir el fervor de su calentura, de sus perversas sensaciones. Llorando aun, y con emoción, sentía como devoraban su versátil boca, así que empezó a mover su lengua combatiendo con la otra, compitiendo por quien llegaría más lejos de esas respectivas cavidades. Aun cuando el aliento asqueroso del hombre era bastante insano, no le importo saborear la boca del enano, tentando los relieves dentales, denotando la carencia de algunos, el sabor salado de las encías o el pútrido sabor de esa saliva; absolutamente todo lo contrario para el dichoso enano.
El anciano continúo penetrándola, pero eso sí, bajo la intensidad de su vaivén, una porque sentía que estaba a punto de correrse, pero también porque necesitaba un descanso para los músculos de su pierna, sobretodo porque de pronto sufría calambres propios de la edad y no quería provocar uno justo ahora en el momento más álgido de su otrora miserable vida.
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