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Cogida por un viejo 1
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Racconto42 min di lettura

Cogida por un viejo 1

Cielo Riveros bien noto aquel bulto y le sorprendía que tan diminuta persona pudiera dibujar algo enorme, aunque bien podría ser parte de sus exageraciones. Ella reaccionó cuando sintió que una mano la tentaba por detrás, recorriéndole la espalda llegando hasta el inicio de sus nalgas

-Tu flojita y cooperando. Vas a ver como la vas a gozar otra vez, jejeje.

Faustino al ver tan despampanante cuerpo semidesnudo, se pelaba la verga a una velocidad exagerada, que expresaba más que su emoción, su desesperación por poseerla, emitiendo una sonrisa enfermiza, aunque picaresca dadas sus grotescas facciones, mostrando una dentadura completa, aunque bastante desalineada, dada su deforme mandíbula.

-Qué bonita morrita- dijo el enano, acercándose al delicado cuerpo juvenil, poniendo una de sus arrugadas manos en los muslos de la joven, que así vez se hizo para atrás por la repulsión que sentía de forma natural, pero tan solo logrando chocar contra Candelario, sintiendo la enhiesta erección que el otro ya asumía.

Este último tomó a la nena de la nuca y se abalanzó sobre sus tiernos labios de forma desesperada, besándola con esa torpeza característica, pero con mucho fervor. Al mismo tiempo, el enano lamía las piernas de Casandra, metía sus manos por debajo de la falda, descubriendo esa atrayente desnudez. La bella mujer hizo por cerrar las piernas y al mismo tiempo la boca, pero era completamente inútil, sus extremidades eran insuficientes para repeler tan indeseadas caricias. Permaneció quieta, ya se había resignado, esperando a que todo esto pasara rápido.

Candelario se separó del ardiente beso, más por el reclamo de su amigo que pedía parte en la acción, cosa que al viejo poco le importaba. Sus ladeados labios se veían humectados por la juventud que expedía aquella jovencita. Cielo Riveros mostro el gesto que atribuía le había gustado ese beso, dado que con su lengüita recorrió el contorno de sus labios, recorriendo la asquerosa saliva que se escurría. Faustino seguía en la imperiosa labor de lamer y lamer cada centímetro de blanca y tersa piel, accesibles en esas juveniles piernas; su lengua resbalaba cual gusano vil y nauseabundo que dependía de ello para sobrevivir.

Candelario atoró sus dedos en el sostén de la chica, quitándoselo prácticamente de un solo movimiento, liberando ese par de esféricos atributos dignos para amamantar. El viejo se abalanzó sobre los paraditos pezones que expedían un brillo espectacular. Con una mano amasaba uno de ellos y con su boca chupaba el otro indefenso. Cielo Riveros sentía cierto nivel de placer, al estar sobre ella dos babosas lenguas, manipulándola, jugando con su cuerpo, olvidándose de la naturaleza de aquellos quienes la sentían, cerrando los ojos. Indecisa que hacer con sus manos, acariciaba su cabello, apretaba los labios, queriendo evitar que se escapase ese gemido revelador.

Faustino, rápidamente, se metía sobre esa falda, tenía la facilidad para ello, alzándose apenas un poco, para esculcar con su lengua el abandonado culito de la mujer.

Candelario se separó de ella, instando a su compañero a que hiciera lo mismo, exponiendo a la par, sus asquerosas y malolientes atributos, una más larga que la otra, en cuanto al grosor eran prácticamente indiferenciables.

-Ora si mamacita, mámalas- ordenó Candelario.

veía Cielo Riveros esos dos trozos apuntándola de forma amenazante, intemperantes, bombeando de manera poderosa, pareciendo querer reventarse a punzadas. Le sorprendía de Candelario pues recién había tenido una rica faena con él y ya estaba recuperado. Por el otro lado, desmeritarle por la estatura sería un error para ella, aquel miembro estaba potente y rígido, aunque su portador era sencillamente horripilante para poder alabarlo tan solo por eso, pensaba. Cielo Riveros

Los hermosos ojitos de la colegiala aun examinaban con timidez natural aquellas adefesios formas. Su boca temblaba, se deformaba de forma sensual. Percibía los aromas bestiales, tremendamente fuertes y asquerosos, pero muy térmicos. En su cuerpo recorrían vapores deliciosos que subyacían la evidencia antiestética. Así que se dispuso a arrodillarse, nuevamente sentía el rugoso suelo bajo sus rodillas. Una vez en posición, acomodándose el largo cabello hacia atrás, en una cuestión muy selectiva, su manita derecha se levantó y se aferró a la verga de Candelario; podía sentir las pulsaciones en su sensible mano. Acercó tímidamente sus labios y ya sin pensarlo demasiado la engulló, sabia como hacerlo, pero resultaba verse de manera tan golosa y ahí la retuvo por un buen lapso. En su atribulada mente, as cosas no estaban tan claras, pero ya no admitía auto conmiseraciones, tan solo se dedicaba a trabajar los estímulos lúbricos que a ella tanto le costaba detener. Entonces, sin mostrar ningún tipo de asco, a ese tipo que prácticamente la secuestró y que se había portado con ella como el peor de los patanes a esa especie de verdugo suyo y con quien había disfrutado recién, comenzó a mover su humedecida lengua, de forma delicada, por todo el contorno de la apestosa cabeza de ese descomedido instrumento genital.

-Ooofff…-exclamaba el viejo que descubría lo bien que se sentía, incluso pensando en porque ella no lo había hecho desde esa primera incursión.

-Acá hay otra mamasota –pronuncio con avidez un desarticulado Faustino.

Cielo Riveros escuchó, pero no volteo a verle. Busco esa verga, pero quiso buscarla a la misma altura que la de Candelario, encontrándose con la cara de Faustino, comprendiendo las limitantes físicas del enano. Así que, a simple tacto, fue bajando poco a poco, recorriendo los crudos relieves del hombrecillo, encontrándose con ese reseco cuero que cubría su abultado estómago, encontrando esa maraña de pelos e inminentemente, el grosor potente que este manejaba. Comenzó a masturbarle, de dicha erección escurría una gran cantidad de líquido pre seminal, viscoso, aunque realmente pareciera que estuviese orinándose.

-Aaaaaahhhhh, que rico la sobas mamasota. Tremenda morrita, que manita… suavecita, suavecita… -exclamaba Faustino, que, con todo ese recorrido de esa mano izquierda, estaba mucho más extasiado, comprendiendo aquello como una caricia celestial que la nena le estaba brindando.

aún Cielo Riveros seguía en lo suyo. Su actividad cerebral aumentaba al tener que realizar dos maniobras, que a su vez alteraban su grado de temperatura carnal. La boca de la jovencita se inundaba inminentemente de líquido naturalmente desechado de esa vieja verga. A veces era tanto que incapaz de mantener tal cantidad en su boca, que, para evitar ahogarse con la mismas, terminaba por tragarse esa salada secreción, a parte de las que escapaban por sus comisuras, sintiendo en su garganta como bajaba gran parte de este baboso líquido, atorándose un poco en su garganta debido a la propiedad viscosa, tragando un poco más de saliva para terminar de impulsar hacia su estómago todo aquello.

-Que rico la mama esta putita –decía el malsano chicharronero.

-Pos a ver, deja que me la chupe un rato. Ya me toca cabron.

Candelario, que muy a su pesar y la inconveniencia de seguir disfrutando ese trabajo lingual, poco a poco sacó su verga de la boca de la hermosa chica, ya que se denotaba lo entretenida que estaba con ese trabajo mamatorio.

-Mámasela a ese pinche enanito, jejejejejejeje –mandaba Candelario hacia la agitada chica que tan solo hacía por ver aquellas feas figuras, flanqueando su hermoso cuerpo, a la espera de satisfacerse de ella, meneando la boca al sonreír con gusto excesivo, respirando pesadamente y mascullando palabras majaderas.

Así, Cielo Riveros pretendía hacer lo mismo que había hecho con Faustino, más la estatura de este hacía difícil la maniobra. Candelario se burló de su amigo, ordenándole que se subiera a la cama, para hacerle más fácil la tarea a la nena que había optado por agacharse. El tipo subió torpemente a la cama debido a sus extremidades, que el hecho de estar tan anchas por grasa acumulada hacia un más difícil la labor, pareciendo un bebe que usa pañales y pretende subir un peldaño. Candelario reía a carcajadas, definitivamente la escena era chusca, aun para Casandra, que también se componía a ver esas horrorosas pieles del hombrecillo que le causaban una especie de total desagrado, pero ya bien sabía que debía continuar. Una vez acomodado Faustino en la cama, fue Cielo Riveros acercándose poco a poco a él. Tenía cierto nivel de calentura, más la elevación de este se había detenido, Jamás en su vida, aun en sus mórbidas imaginaciones creyó compartir un espacio de lujuria con tan particular naturaleza de hombre.

Poco a poco llego hacia él, mientras contenía era una curiosidad a lo que causa temor, a eso que aun cuando más parezca repugnante más se consigue un morbo por el solo hecho de tantearlo. Un grito de Candelario para que se apurara la puso en alerta. Sus movimientos se agilizaron, como bien decía su padre: a mal paso, darle prisa. Toco el abultado estómago, palpando un absceso terrible en el costado izquierdo, de tipo varicoso, como delgadas entrañas quisieran escapar de su cuerpo. Eso era una imagen violenta para ella, pero decidió continuar. Tentó esa gruesa carnosidad que palpito violentamente apenas al contacto, tanto que hizo que ella retirase la mano por el aspaviento. Al no denotar algo más, volvió a tomarlo, esta vez cerca de la base, donde menos era posible para su manita circuncidar tremenda envergadura, rechoncha y arrugada, con un glande brilloso. Al intentar acercar su boca descubrió con el olfato esa peste esencial de una verga sucia. Le vio los pelos resecos que cubrían esa misma base, pelos ásperos y cafecinos. Nuevamente acerco su boca, esta vez, muy lentamente. Candelario la empujo, sin llegar a repegarla a este hombrecillo, detestaba la indecisión en la que había caído la nena. Faustino estaba apoyando sus cortos brazos sentado en la cama, contemplando la angelical cara que se enfrentaba a su orgullo carnal. Cielo Riveros sin pensarlo más acerco sus labios. Cerro los ojos y se metió el trozo del enano, empezando con recoger un grueso hilillo de líquido pre seminal que colgaba de este, hasta llegar al glande y enroscar su lengua alrededor suyo. Faustino aguanto estoico, apretando el mismo su verga; casi llega a correrse al sentir como tremendos labios le estaban humedeciendo la verga. La nena bien lo advirtió pues sentía como esa verga brincaba de emoción. Aquel, con esa constitución digna de espectáculo de circo de añejas décadas, parecía cual niño que recibe su regalo de cumpleaños, con una cara nada infantil, era de lo más grotesca, con los ojos más engrandecidos, apretando sus desalineados dientes, arañando las cobijas sobre las que estaba sentado.

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