-Cállate pendeja. ¿Quieres que te suene?
-No... Por favor, don... Déjeme...
Golpeo una cachetada que en realidad pego en la sien de la mujer, la nena nuevamente se sintió intimidada. Tenía que volver dominarla, atacar los puntos débiles y precisos. Empezó a escrudiñar con su lengua las orejas de la chiquilla, el cuello y por supuesto la cara. La nena apretaba los labios, cuando este busco besar su boca. No tenía ánimos precisos, sentía más incomodidad que cualquier ápice de placer. Aquel metió un par de dedos en su descubierta vagina, pues aún no había encontrado su tanga. Sintió como esos dedos escarbaban en su interior y, dado su elaborado cuerpo dispuesto a la sensibilidad, empezó a sentir cosquilleos cruciales que la nublaron en la fuerza que ejercía su accesible resistencia.
Candelario noto ese efecto y ataco con mayor precisión el lugar donde escrudiñaba, generándole respiraciones muy diferentes y muy reconocibles, características de un sopor extasiado. La nena empezó a cerrar los ojos, a apretar los labios cuando este quería besarla. Mas al sentir el contacto indeseado, pero en el punto correcto, abrió la boca y dejo escapar un gemido el cual no buscaba acallar, dadas las circunstancias con las que ya había compartido con este infausto hombre. Nuevamente sintió un rico apretón y luego otro, pero seguía negándose, trataba de patalear, de ejerces resistencia, pero sus orgasmos la habían debilitado.
En un momento, en el que había abierto los labios y se disponía a reclamar, fue asaltada por el sucio beso del amante que la sujetó fuertemente la cara para que esta no se moviera. Casandra recibió aquel beso absorta e indispuesta, aunque basto un dedeo más para que su lengua dispusiera ese juego lingual, propia de un beso sucio pero apasionado.
A pesar de denotar la indisposición de lamujer, aquella escena demostraba lo contrario: el bulto foto, tan solo cubierto con su pantalón, con su barriga deforme y flácida, sobre el cuerpo de una escultural jovencita, que apoyaba sus manitas en el absurdo y escuálido pecho del hombre, con su falda subida por encima de sus muslos, una regordeta mano esculcaba bajo esta prenda, masturbándola, ambos besándose...
Bien sabía que estaba lejos de sentir lo mismo que hace rato, pero que inminentemente lo sentiría si se dejaba llevar, pero no debía. En su interior, las palpitaciones cansadas querían aparecer, no tanto porque el viejo supiese donde dedear, era más por la conveniente disposición natural del sensible cuerpo de Cielo Riveros.
Ella, en algún momento y escapando del beso no consentido, vio una figura postrada sobre la puerta. Era otro hombre, que estaba con un celular, capturando el momento en el que ella. El tipo miraba con ojos grotescos, vestía un pantalón sucio al igual que la camisa, cubiertas de negras, rojas y cafecinas manchas, masturbándose el bulto por encima del pantalón. Esto la alarmo. Creyó era un intruso y rápidamente exclamo:
- ¡Don Cande! ¡Un... un...!
Ella dudaba como referirse a ese sujeto. La estatura no era propia la de un hombre normal, ni la de ella. Era mucho más bajo que el mismo Candelario, siendo este un hombre de corta estatura. Aquel vendría llegándole apenas al ombligo de la hermosa nena, es decir, aquel era un enano.
- ¡Don Cand...! -volvió a gritar la chica que era interrumpida por otro besuqueo.
Ella volvió a mirar, aquel se acercaba y examinaba la escena, tratando de encontrar los mejores ángulos que estaba captando.
Candelario se separó de ella cuando el diminuto hombre expreso un 'ya'.
- ¿Ya? -consulto absurdamente el viejo semidesnudo.
-Si cabron. Ora a lo mío.
Candelario desdeño el comentario de su amigo, se incorporó frente a la incrédula y desconcertada chiquilla, que apenas.se recuperaba de los magreos, ante la inminente explicación que debería dar.
-Mira chiquilla. Te presento al buen Chimino. Un buen amigo. Y pos... acá al amigo pos... quiere un rato contigo. Y como yo soy rebuena gente pues le di un chance.
La nena no podía creer lo que estaba escuchando. Miraba a Candelario, después al hombrecillo y viceversa, buscando la explicación, la vacilación de todo ello.
- ¡Namas un ratito eh cabron! -establecía Candelario al recién llegado.
-Oiga... No... Yo... Yo tengo que irme. Yo no...
- ¿Ah no? -dijo burlonamente hacia la chica. -Enséñale a esta...
Aquel le mostro el celular a la despavorida chica, que contemplaba las imágenes y un video de su recién besuqueo con Candelario. Si bien no tenía una gran nitidez, bien se podía figurar su rostro, que era lo que más le preocupo. Tal vez en la imagen a ella se le veía forzada, pero bien se notaba como se le veía inhábil ante los besos, como si estuviese disfrutándolos. Además de que ella siendo la única en ese lugar, se sentía bien identificada por esas ropas básicamente, más por ella misma que por alguna otra persona ajena que seguramente tardaría en reconocerla. Mas sus miedos le hacían volverse vulnerable. Ahora luchar contra dos le era plenamente imposible, tenía la cabeza caliente y el actuar con más temple no era algo práctico para ella en este momento.
Escuchaba, sin más remedio y con distancia comprensiva, las explicaciones de Candelario, no sin antes amenazarla recalcadamente con enseñarles tales fotografías a Marcelino más que nada. Y no solo eso, Candelario fue más allá al mencionar que incluso esta evidencia llegaría a manos de los padres de, la nena, que, si bien no los conocían, sería cuestión de una pequeña investigación para dar con esa información. Esto último resigno a la atribulada, muchachita, pérdida en sus, pensamientos, arrepentida de haberse portado bien, de haber cedido y de malditamente haber disfrutado.
Cielo Riveros no dijo nada, realmente no podía rebatir, su actitud condescendía cualquier determinación, aun cuando era en su contra; estaba tan vulnerable como chantajeada, a pesar de la lividez del mismo, su débil carácter en una situación así la desalentaban. Permanecía de pie, en medio de ambos, con la mirada cabizbaja, aun con esos ojitos brillosos que acercaban a las lágrimas, esa nariz perfecta, esos labios que no habían perdido su brillo, todo un rostro atractivo, juvenil. Aun mostraba ese atuendo que le daban un aspecto morboso, sus zapatillas deportivas, esa fada cortita que mostraban sus carnosas y tersas piernas, su blusa que se ceñía primorosamente, dibujando los senos más encantadores e incitadores. Sin duda era una mujer de belleza en máxima definición y alcance providencial.
-Ssss… Mira todo lo que te vas a comer chiquitita, jejeje -había hablado Faustino, agarrándose el bulto expreso por encima de sus pantalones con una expresión desesperada y lasciva.
Cielo Riveros bien noto aquel bulto y le sorprendía que tan diminuta persona pudiera dibujar algo enorme, aunque bien podría ser parte de sus exageraciones. Ella reaccionó cuando sintió que una mano la tentaba por detrás, recorriéndole la espalda llegando hasta el inicio de sus nalgas, pretendiendo llegar por debajo de la falda, cosa que sucedió, pues en minutos ya jugaban con su descubierto trasero y hurgaban en ese su orificio en medio de estas montañas carnales.
Ella se concentró después en Faustino que empezaba a desnudarse de manera rápida, desesperada pero sufrida para la chica. Primero se quitó una sucia playera que pretendía ser de color blanca, denotando lo bastante ventrudo que era para su estatura, tenía una barriga bastante grande, desproporcionada dado el tamaño de su tronco, que prácticamente lo mantenía hacia adelante, dando la impresión d que concebía un embarazo. El tipo era lampiño, conservaba un color de piel bastante opaco, sin llegar a ser obscuro, demasiadas tesituras marcadas en su piel, se notaba que era un hombre de edad madura, quizás no tanta como la de Candelario, pero daba lo mismo. Tenía unas tetillas oblicuas, manchas coronadas por unos pezones peludos, al igual que sus axilas. Brazos cortos pero muy anchos y fuertes. Cuando se quitó el pantalón, fue igual de escabrosa la imagen; unas piernas anchas, aunque cortas, las rodillas bastante marcadas y resecas, las piernas peludas acrecentándose todo ese bello conforme se iba acercando a la base de una verga, que si no tan larga, sí que era bastante engrosada, muy oscura y bien defendida por un más de marañosos vellos, gruesos y crespos.
Creía entender el por qué Candelario se refería a él como cabezón; realmente tenía un cráneo bastante más grande que el resto de su cuerpo, solo comparado con el tamaño de su barriga. La cara del tal Faustino era la de un tipo ensordecido, desquiciadamente emocionado. Tenía una nariz corta pero achatada, todo el cuello abotagado y lleno de curiosas manchas, mejillas abombadas que despedían una barba recién cortada, cejijunto, unos ojos grandes, unos labios de igual tenor y un escaso pelo muy mal ondulado que portaba todo desmarañado, reseco y muy grisáceo.
Candelario hacía lo propio, quitándose lo único que se podía quitar, sus sucios pantalones. Pronto le arranco la blusa, dejándola solamente con ese sostén y la corta falda.
