Me quedé como estaqueado diez minutos, con la nena toda flojita sobre mi cuerpo y aún ensartada en mi verga piradísima. Mientras recuperaba el resuello (sin dejar de amasar sus más adorables contornos) pensé que estaba abotonado por un buen rato con la nena más linda y putita que hubiera visto; se me estremeció la pija adentro de Cielo Riveros, lo que motivó a la nena a abrazarse a mi torso y volver a cabalgarme lenta y suavemente.
La dejé que me cogiera así un rato, conmovido y excitado. Pero cuando empezó a clavársela a fondo y dejársela bien puesta varios segundos, aferrándome los muslos con sus poderosas piernitas y la verga con su diminuta y todopoderosa conchita, enloquecí. Me di vuelta con ella abajo, le abrí más las patas y la empecé a coger con todo.
Cuatro o cinco minutos de esa cogienda despiadada bastaron para que entreabriera los ojos y empezar a chillar de dolor. Le agarré las dos muñecas juntas con una mano por encima de su melenita sudada, con la otra le tapé la boca, me acomodé para darle mejor y la seguí cogiendo sacado. Ahogada, cada tanto tragaba saliva y emitía algún gemido apagado por mi manota, que sobraba para taparle toda la cara bajo los ojos.
Después de ese rato dándole sin pensar, observé sus ojitos medio idos y recapacité un poco. Paré de cogerla, saqué mi mano de su cara y comencé a chuponearla, caliente pero dulcemente, mientras la manoseaba toda; cada tanto se la clavaba un poco más y ella arrugaba la cara y maullaba, entre dormida, enloquecida de placer y asustada.
En un momento que paré de comerle la boca, nos quedamos mirándonos a los ojos y ella murmuró ‘La tenéis muy grande, pa, me haces re doler’.
Eso volvió a enloquecerme. Le chuponeé toda la cara y el cuellito y después repliqué. ‘Es que vos sos muy putita, andás calentando vergas de viejos con seis años’.
Balbuceó ‘Perdón. Me calienta que me deseen los viejos’, y terminó de romperme la cabeza.
Agregué ‘Bueno, no te preocupes por eso porque de ahora en más papito te va a coger bien cogida. Así no tenéis que andar de buscona con extraños, pedazo de puta’. Se revolvió contra la pija, siempre completamente dormida pero con los ojos entreabiertos y mirando al vacío.
Le levanté un muslito para pasarlo por debajo de mi vientre y ponerla, dificultosamente, de espaldas a mí para cogérmela desde atrás, todo sin sacarme la pija; los tirones de verga fueron desgarradores para mí, y creo que para ella también. Pero valieron la pena cuando pude envolverla completamente con mi torso, brazos y piernas y volver a clavarle la concha hasta el fondo.
La cogí a fondo en esa posición por más de diez minutos y acabé en cuatro torrenciales y largos lechazos. Sentí su cuerpo completamente flojo debajo de mí; como pude, me puse boca arriba. La nena, abotonada, quedó boca arriba, con las blancas piernitas desarmadas alrededor de las mías y los bracitos ídem alrededor de mi torso; su melenita colgaba, exánime, sobre mi hombro derecho; respiraba apenas; se había desmayado en su sueño.
De inmediato me arrepentí de cogerla tan salvajemente. Había maldad en el Jefe al entregarme a mi amada: sabía que, me ordenara lo que me ordenase él o planeara yo, al final perdería la cabeza y le daría con todo. Sin embargo, después de dedicarle tanta leche, mi presión bajó y me dormí, así como estaba, boca arriba. No me desperté hasta la mañana.
El Mayordomo se goza a Cielo Riveros despierta
El enamoradizo pero sádico y pijudo mayordomo rompe a la secuestrada, emputecida ya despierta nena de 13, antes de dos días de BDSM. Desperté de costado, abrazado a la nena, yo completamente desnudo y ella con el puti camisón todo revuelto, la vincha corrida, la melena despeinada y los muslitos con leche reseca. Ambos estábamos destapados. Ella respiraba profundo, pero estaba por despertar. Aproveché para olerla de nuevo; olía a nena, a hembra, a puta lecheada. Me quedé chuponeándola y lamiéndola toda, de la mejilla derecha al cuellito, a los hombritos ínfimos, mientras la manoseaba despacio y a piacere y me refregaba contra el culazo cada día más grande, parado, carnoso, terso y ensartarle. La puse boca abajo y comencé a chuparla toda; ahí abajo olía a culo, a concha, a semen, a flujo; su conchita y su muslito izquierdo tenían restos resecos de semen bajando hasta la sábana. La mezcla con su (para mí) distinguible aroma corporal me enloqueció, y le saboreé la conchita hasta que la sentí despertándose. Entonces volví a subirme sobre ella y la ensarté. Se quejó, ya despierta, para hacerme notar que había despertado y que le dolía. La saludé ‘Hola, Diosita. El Jefe te entregó a mí tres días’. Sólo comentó ‘La tenés muy grande’, a modo de defensa. Con su aguda inteligencia, creo que ya tenía claro que yo no iba a hacerle daño adrede, y que no iba a tomar represalias salvajes por cada mínimo acto, gesto o palabra de defensa. Como premio a su astucia, se la saqué (había entrado la cabeza, que salió con un sordo sonido de botella descorchada, arrancándole un respingo a ella) y le ordené ‘Chupala bien, así me tranquilizo un poco antes de que desayunemos’. Se dio vuelta y contempló estupefacta la poronga que se iba a comer por los siguientes tres días. ‘Es gigantesca’, musitó incrédula. ‘¿Viste? Es toda tuya. Dale unos besitos de bienvenida’, la animé, y me tiré boca arriba con las manos atrás de la nuca y la verga pulsándome, paradísima, cabezona y venosa. Me deleité viéndola acercarse con miedo, asombro y devoción a mi verga. Aproximando la manito a la verga en cámara lenta, irresoluta, para, al final, apretarla fuerte en la base sólo para sonreírse viendo cómo empezaba a enloquecerla con sus trucos de hembra. Olió lentamente el glande baboso y fue bajando, siempre rozándome la verga con su naricita, hasta mi espesura púbica y mis testículos, ya ahítos de semen pese a la paliza que les había dado antes de dormirme. Se quedó oliéndolos, embriagada, y luego los besó suavecito, un rato. En el medio musitó ‘Uh, qué rico’ y casi acabé en seco. Después se metió un huevo en la boca y lo chupó mirándome con esa cara de nena putita que me vuelve loco; gemí contemplándola: un solo huevo mío le llenaba la boca casi tanto como una verga. ‘¿Te gustan mis huevos?’, pregunté. ‘Me encantan. Son más grandes que los de Mandinga’, maulló la trolita justo antes de empezar a chupar el otro, mientras volvía a apretar súbita y tenazmente la base de mi verga; cada vez que lo hacía, me llevaba al borde del éxtasis al tiempo que demoraba la eyaculación, enloqueciéndome más. ¿Dónde había aprendido eso? ¿En videos que yo le había puesto en el ‘canal porno’ y ya había olvidado? ¿O de sus trabajos de campo con el Jefe y los demás machos que éste le había inferido?, pensaba mientras Cielo Riveros me iba mordisqueando el tronco y lamiéndolo, rumbo al glande, sin dejar por un instante de observarme atentamente con sus ojos de ámbar. Se sonrió mirándome a los ojos y abrió su enorme bocaza de nena de trece para luego engullir de un bocado mi ávida manzana. No lo logró: era demasiado grande. Frustrada, empezó a lamer y chupetear toda la cabeza del choto, y, una vez succionado todo el precum, la punta de su lengüita se ensañó aviesamente en el pequeño orificio. Me hizo gemir como un cachorrito y, cuando ya estaba por llenarle la carita de leche, me apretó fuertemente la base de la poronga con sus dos manitos (sin dejar de puntearme el orificio uretral: me estaba torturando). Completamente dueña de la situación, comentó mirándome sin pestañear y poniendo voz de nena putita ‘Me encanta tu verga, pa. Lo único que no entiendo es cómo vas a hacer para que me entre’, mientras se enderezaba, arrodillada, para luego encaramarse sobre mis muslos, abrir las piernitas y acomodarse sobre la verga. Cuando la tuvo bien apoyada en la breve, depilada, húmeda y depredada ranura, pegó un brígido conchazo que mi pija sintió como una trompada, y su conchita también: no entró ni la punta. Se refregó desesperada contra mi enloquecida manzana y exclamó ‘¡Ay, me duele todo pero necesito tenerla adentro! ¿Tenés lubricante?’. Señalé la cómoda. Con gracia felina, se bajó de la cama, extrajo un pote y lo exprimió sobre la punta de mi verga. Me estremecí al sentir la viscosidad en la punta del glande. Mientras yo permanecía extasiado, apretando las pestañas, ella (según el video que después edité) se echaba un buen chorro adentro de la concha sin ninguna ceremonia. Después se frotó la concha, mirando la verga y, cuando abrí los ojos, estaba mirándome con una sonrisa inenarrable de putita. Después se arrodilló otra vez con sus muslitos alrededor de mis caderas, se acomodó mi taladro entre las piernas mirándome (y acariciándome los huevos con la mano libre). Incluso con todo ese lubricante, entró la mayor parte de la cabeza, pero el reborde del glande quedó afuera. Cielo Riveros abrió los ojos y la boca con sorpresa y dolor, y se asombró más cuando vio que no había entrado ni la cabeza. Ahí, al ver su piel blanca, tersa y lampiña ensartada en mi cuerpo bronceado, áspero y peludo, enloquecí. La tiré boca arriba de cualquier modo, le dije ‘Pará que papito te va a ayudar’, y la empecé a clavar sin miramientos. Pese a toda una noche de cuidadosa (aunque salvaje) violación y analgésicos, la conchita seguía negándose a alojar el grosor (y ni qué decir la longitud) de mi pija: la nena empezó a dar grititos, quejidos y meras expulsiones de aire (cuando mi vientre se aplastaba violentamente contra su barriguita de piel translúcida y sudada) al ritmo de mis porongazos, pero no estaba disfrutando. Si no chillaba era, en parte, por el rudo y pertinaz adiestramiento del Jefe, y el resto porque su dolor, su asombro y la velocidad de mis embates no le daban ocasión. Ya le habían entrado al menos cinco centímetros de tronco cuando pudo dar el primer alarido. Como me consta que le excita que la traten con rudeza, le di dos sopapos suaves pero ruidosos en la cara, del derecho y del revés, y se quedó jadeando bastante en silencio mientras los pijazos volvían a arreciar. Después de tres minutos, ya no pudo más y rogó de nuevo ‘Por favor, me está doliendo mucho, sacamelá’. Embistiéndola con menor velocidad y fuerza (lo necesario para que la poronga no se saliera de la desbordada conchita), me sonreí ‘No puedo, Diosita. Son órdenes del Jefe’. Le chuponeé toda la boca, la cara, el cuello, los hombritos y las tetitas erectas y mordisqueables mientras la seguía cogiendo suavemente, como pajeándome con su conchita, y al final concedí ‘Bueno, me pongo boca arriba y me cabalgás vos, ¿OK?’. ‘OK’, asintió la temblorosa y dolorida putita. Empapada en sudor y con mi verga ya ocho centímetros ensartada en ella, Cielo Riveros evolucionó, mientras yo me acomodaba boca arriba sin sacarle la verga, para arrodillarse otra vez con sus piernas rodeando mis caderas, hasta encontrar la mejor posición. Empezó a cabalgarme, pero su rostro se retorcía de dolor, pese a toda la lubricación agregada a la natural que nuestra excitación seguía generando. Después de un par de minutos de dolor mutuo y recíproco, recordé cómo se calentaba cuando la denigraban verbalmente, y exclamé ‘Qué puta hermosa que sos’. Aunque demudada por el dolor, de inmediato empezó a saltar más sobre la poronga, clavándosela duramente y con fuerza para metérsela lo más posible. Temblamos al unísono cuando sentimos que se rozaban la punta de mi chota y la entrada de su útero. Ella lanzó una mezcla de suspiro y exclamación, y su conchita se estremeció tres veces seguidas. Aguanté como pude el lechazo que tan traicioneramente concitaron sus temblores y, todavía cimbrando de placer, le agarré las caderas blancas, carnosas y amasables y la empecé a sacudir salvajemente, haciéndome la mejor paja de conchita de mi larga y depravada existencia. Desbordada por semejante paliza vergal, la nena se sostuvo como pudo de donde pudo, dando chillidos y gemiditos que en muchos casos eran doloridas exhalaciones, mientras yo la seguía sacudiendo sin freno por varios minutos. Cuando se me cansaron los brazos, la tiré de nuevo boca abajo sin miramientos, le amarré las muñecas con mi mano izquierda por encima de la melenita carré color cocacola que le retocaba dormida una vez por semana, y con la palma de la otra le tapé la bocaza infantil mientras le apretaba la naricita con dos dedos para no dejarla respirar. Al rato, la nena estaba medio desmayada ya, pero su conchita empezó a pulsar más seguido; entonces comencé a sentir que me venía un lechazo apocalíptico, y me puse a gemir a los gritos y a cogerla más fuerte separándole las muñecas con mis dos manos. La conchita de Cielo Riveros, advirtiendo la inminencia del lechazo, empezó a contraerse frenéticamente, de tal manera que me frenó otra vez la acabada. Furioso y desesperado, empecé a levantar más el culo y darle pijazos más fuerte, golpeándole la entradita del útero y masacrándole el Punto G. Gritó ‘Me dueleeeee!’, así que le levanté los tobillitos, se los acomodé al costado de sus hombros, le tapé la boca y seguí dándole, con sensaciones apocalípticamente orgásmicas, pero sin poder deslecharme. En ese momento, sus ínfimos bracitos, que tenaz pero fútilmente intentaban contener mi torso hercúleo, se abandonaron al costado de su cuerpo y vi cómo sus ojos se ponían en blanco; pero su conchita seguía viva y apretándome la verga salvajemente, orgasmeando. Entonces di un largo alarido desconsolado y sorprendido, y le solté tres largos lechazos, hasta que me desmayé yo también sobre el cuerpo inánime de la nena.
