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Cielo Yamile Riveros es violada por mayordomo
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Cielo Yamile Riveros es violada por mayordomo

El Mayordomo se goza a Cielo Riveros despierta. El enamoradizo pero sádico y pijudo mayordomo rompe a la secuestrada, emputecida ya despierta nena de 13, antes de dos días de BDSM.

El registro en video atestigua que estuve unos tres minutos desmayado. Cielo Riveros volvió en sí un poco antes. Mi verga se había ablandado lo suficiente como para dejar de torturarla, pero no tanto como para salirse sola; en cuanto empecé a recobrar el conocimiento, empezó a endurecerse de nuevo, y Cielo Riveros se revolvió abajo de mí intentando zafarse. Cuando terminé de despabilarme, me rogó llorando ‘Por favor, sacamelá, me lastima mucho’. Apiadado, aunque ya con la verga parándoseme más, la saqué de un tirón. Hubo un ruido de botella descorchada y después me tiré entre sus piernas, se las abrí bien y observé la conchita: estaba tan abierta como puede estarlo una boca. Se la besé repetidamente, con ternura. Cuando le mamé el clítoris, lo noté excitado, pero a ella gimiente. Me levanté con la verga completamente parada y extraje del cajón una pomada analgésica. Luego me tiré al costado de ella y le unté la pomada adentro de la concha, lo que, con la excitación del cóctel de drogas que le había encajado y la excitación que yo también tenía, se convirtió pronto en masturbación; simplemente se abrió más de patas, levantó el pubis y puso las manitos tras la nuca, gozando con el rostro demudado de placer y dolor, y los ojos cerrados. Pronto estaba tan excitado con su inagotable excitación de pendeja drogada que me arrodillé con mis muslos alrededor de sus caderas, le puse las patitas juntas sobre mi hombro derecho y, apretando los cada día más lindos y fuertes muslitos, me la cogí ‘a la griega’: refregando la pija entre sus muslos y rozándole el clítoris. Me la cogí enloquecidamente de esa manera y así le causé el primer orgasmo consciente y disfrutado de esa mañana; cuando la sentí estremeciéndose, apreté más sus muslos contra mi pija y le lancé tres largos chorros que se esparcieron por sus pechitos, su cara, su vincha y su pelo. Me quedé contemplándola jadeante y lecheada, y después, más enamorado si cabe, fui a buscar nuestro desayuno.

Tuvimos sexo todo toda la mañana y la siesta así, sin penetrarla, pero orgasmeando los dos salvajemente, entre el calor atroz que el Jefe le imponía a la Habitación 3. Entre sesión y sesión, dormitábamos abrazados, casi sin hablar. El Jefe me había prohibido tirarle data ni contestarle preguntas. Pero cerca de las cinco de la tarde, con los pubis doloridos de tanto acabar incluso sin más penetraciones, me preguntó al fin ‘¿Cuándo me van a soltar?’. Me vi obligado a contestarle que nunca, y sus ojos se llenaron de lágrimas. Rogó ‘Déjenme aunque sea ver a mis padres’. Acariciándola, le contesté ‘Diosita, vos sos muy inteligente y sabés que no podemos hacer eso. Pero tenés que resistir, vas a ver que pronto tu situación mejora’. Apoyó su carita en mi pecho y lloró larga y desconsoladamente. No tuve ánimo más que para acariciarla y apretarla fuerte entre mis brazos, a modo de consuelo. Después de un rato me levanté y me fui a duchar. Ella dormitaba cuando salí. Me vestí y fui a hacer otras cosas. Volví cerca de las 8 de la noche; se había bañado y tenía puesta una putienagua nueva que encontró en la cómoda, negra y transparente. Apenas entré, me miró con esa cara de puta que pone cuando está muy caliente; la última megadosis de Gotexc empezaba a hacer su efecto. Me desnudé sin decirle nada mientras ella miraba mis músculos y mi verga con codicia: seguramente era el cuerpo masculino más espléndido que ella hubiese visto desnudo. Luego me abalancé de parado sobre su bocaza roja y nos comimos a chupones. Enseguida, se colgó de mí y me rodeó con sus piernitas. La levanté aferrándola del orto a dos manos y la dejé refregarse contra mi verga mientras la amasaba toda. Mi verga pulsaba como si no la hubiera puesto en semanas; comencé a chuponearla por todas partes y al final, apretando sus nalgas de nenota entre mis manazas de gigante, le pegué una prolongada, sádica y salvaje mordida de cuello que la hizo jadear de placer y chillar de dolor; enloquecida, se refregaba contra el tronco de mi verga y buscaba la punta, que le quedaba demasiado arriba. Desesperada, exclamó ‘Ay, cogeme toda, necesito tu verga adentro, aunque me hagas mierda’. Me arrojé sobre la cama con ella abajo y abierta de patitas. Era tan diminuta, tan linda, tan sexy y tan puta que me tenía casi bramando de deseo. Todavía sin sacarle la enagua negra y transparente, la mordisqueé toda y muy fuerte, sobre todo los pezones cada día más erectos, carnosos, sonrosados y puntudos, bajando luego entre tarascones hacia su entrepierna desnuda, blanca, carnosa, tierna y olorosa a hembrita alzada. Le mordisqueé fuerte los muslitos y toda la conchita, el capuchón del clítoris, arrancándole grititos de dolor y excitación. Estaba desesperada de verga; acabó enloquecida con su clítoris entre mis labios, que, envolviendo mis dientes, la mordían duro: me atraganté con su squirt. Me enderecé de rodillas entre sus patitas abiertas y, mientras aún se estremecía de placer, le di dos ruidosas, aunque en verdad no fuertes, bofetadas (una con cada mano, una en cada mejilla). Después me tiré boca arriba con la verga recontra parada y desbordando de precum el prepucio, y, poniéndome las manos tras la nuca, le ordené ‘Chupamelá bien, puta, así te entra más rico’. Asintió, pero se quedó todavía un minuto sin poder moverse, exhausta de placer. Al final la levanté de los pelos y la arrojé hacia mi verga. Se apoyó con sus dos manitos sobre mi vientre para no caerse y se quedó embobada mirando mi chota pulsante, llena de venas y de jugos de macho (su cara en el video, empapada en sudor, con los párpados todavía entornados por su último megaorgasmo, era un poema). Enseguida comenzó a besuquear el tronco para bajar de inmediato hacia mis grandes huevos, que no paraban de producir semen en su honor. Le ordené ‘Ponete entre mis piernas y mirando hacia mí, así te puedo ver la cara de puta que ponés cuando la chupás’. Sin inmutarse, se acomodó en la posición demandada y, mirándome, fue sorbiendo todo el precum que chorreaba hasta mis huevos; cada tanto, pegaba su rostro de lolita contra el tronco, y se refregaba contra él, mirándome y volviendo a besuquearla, a lamerla, a chuparla en las partes más viscosas. Se demoró deleitosamente chupeteando y sorbiendo el prepucio y al final, mirándome para observar con atención mis reacciones, lamió el lago de precum que quedaba dentro del prepucio; cuando quedaba sólo un poquito, se restregó la punta contra su carita sin dejar de dirigir su mirada de ámbar hacia mí. ‘Me encanta tu chota, pa’, comentó poniendo voz de nenita calientavergas. ‘Me encanta que te encante, hijita, porque te va a entrar toda y muy fuerte. Ahora subite y ensartate la verga como te enseñó el abuelo’, respondí. Al Jefe le iba encantar la referencia, y así seguíamos la serie de videos. La espléndida y astuta putita se encaramó sobre la verga, apoyándose con cuidado sobre la punta y luego presionando fuertemente y sin pausa hasta que le entró toda la cabeza. Quedamos trabados y ella jadeando por el esfuerzo. Levantó las piernitas y quedó en el aire, ensartándose más en la verga entre quejidos de los dos. Su denodada putez había logrado, en poco más de cinco minutos, introducirse seis o siete centímetros de verga. Ahí no pudo más y exclamó, azorada, dolorida y encantada ‘¡Qué verga que tenés! Me matás’. ‘¿Peor que Mandinga?’, pregunté. ‘Re’, contestó la nena, clavándosela más. Después apoyó las manitos sobre mis muslos, cerca de las rodillas separadas y un poco levantadas, y así, inclinada levemente hacia atrás y con los ojos cerrados por el placer y el dolor, empezó a cabalgarme. Yo la ayudaba levantándola con rudos pijazos mientras la contemplaba, extasiado; su conchita diminuta estaba abierta como una flor, con mi pija adentro. Cuando la verga hizo tope, temblequeó y lanzó un estremecido suspirogemido, para después derrumbarse de espaldas entre mis rodillas. Seguimos cogiendo así, en perfecta coordinación: era la mejor cogedora que conocí en mi vida. Después de un rato garchando en esa posición, me arrodillé, le rasgué la putienagua a los tirones, le abrí bien las piernas estirando sus tobillitos y la seguí garchando. Empezó a enloquecerse, a rasguñar y tironear las sábanas, a gemir como una gatita furiosa, a bramar como una leona en celo, mientras yo, cada tanto, le mordía los piecitos, los ínfimos tobillos, las deliciosas pantorrillas. Le arranqué del todo un pedazo de enagua y le rodeé la cara, para luego tirarme de pleno sobre su blanco cuerpito y empezar a darle con todo. Seguí en esa tesitura furiosamente (según los registros en video) durante tres minutos y veintisiete segundos, con ella gimiendo, rugiendo, lagrimeando y dando conchazos orgásmicos ante mis embates. Así, cuando ella ya llevaba casi dos minutos acabando espasmódicamente, le rebalsé la conchita de leche entre rugidos roncos. Nos quedamos varios minutos como estábamos, ensartado hasta el tope sobre ella, jadeantes, nadando en sudor sobre las sábanas empapadas, los cabellos chorreando sudor. Después de cinco minutos, cuando pudo emitir palabra, musitó gimiente ‘Sentí que me rompías. Me duele muchísimo’. Efectivamente, cuando puse sacarla, un chorrito de sangre se mezclaba con el semen y el jugo de hembra que desbordaba su ínfima pero ávida conchita. Después le di más analgésicos y evité encajarle más Gotexc en el agua y la comida. Dormimos más siesta hasta la noche y luego cenamos entre mimos (ella sentada sobre mis piernas, refregándome el culazo en la chota dolorida pero anhelante aún). Sabía que era una utopía ensartarle ese ojete divino: ahí sí que la iba a romper, quizá de manera irreparable. Pero cuando nos acostamos, calientes pese a que todo efecto del Gotexc ya se había extinguido hacía horas, y me refregué entre sus nalgas frenéticamente aplastándola contra el colchón, chuponeándole y mordiéndole toda la carita, el cuello, los hombritos y la espalda infantiles hasta que sentí que estaba por acabar. Entonces le abrí las nalgas, apoyé con fuerza la punta de mi verga en el ano maltratado por tantos manos menos pijudos y más afortunados que yo, le hice crujir el culito insertándole la punta del glande y dedicándole a ese culazo la última lecheada de la noche, antes de dormirnos exhaustos. 

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