- Es pronto… quizás hasta pasados un par de meses no sabremos. - dijo casi con pena por su hermanita. Y volvió a meterse la polla en la boca.
- Bueno… puedo esperar. - dino acariciando la cabeza y empujándola contra si, lo que significaba que se iba a correr, haciéndolo en dos embestidas de cadera que hicieron chocar la polla con la garganta de Katherine Riveros que gimió conteniendo las náuseas.
>> Siiii…. - dijo gimiendo mientras soltaba a Katherine Riveros y esta sacaba la polla de su boca. - Siii…
Y tras ponerse de pie, como siempre, tras correrse el rector dentro del calcetín de la chica, esta vez metido en su boca, Katherine Riveros se lo puso sin más en su pie derecho y sonriendo se agachó para besar en la boca a Don pedro, que tras mostrarse receptivo, llevó su mano a las tetas de la chica por dentro de la camiseta y pellizcó sus pezones estimulándolos para que al salir se le notaran más.
Separándose del hombre, Katherine Riveros, excitada, sonrió.
- ¿Puedo irme?
El rector asintió.
- Si. Mañana más guapísima, y me cuentas qué tal la tarde de Cielo Riveros.
Asintiendo, poniéndose el otro calcetín y las deportivas, Katherine Riveros cogió sus cosas y salió, excitada, con los pezones marcados de forma notoria, dispuesta a follarse a cualquier chico que hubiera en el campus y pagase por ello la cuota pertinente.
Ana trabajaba como recepcionista en el despacho de abogados de su padre desde que tenía veinte años.
Allí, al igual que Cielo Riveros en su trabajo o Katherine en la universidad, también tenía sus labores extrafamiliares, y en ese momento de la mañana, estaba siendo follada sobre la mesa de su despacho por el socio de su padre, un tipo de casi setenta años en plena forma y que gracias a la viagra lograba tener una erección considerable que le hacía aguantar casi una hora follando el coño de la madre de las tres hermanas Riveros .
Desnuda sobre la mesa, Ana notaba la boca de Victor succionar sus pechos poniendo sus pezones duros como piedras. El hombre, desnudo sobre ella, sonreía cuando se levantaba y movía sus caderas golpeando la entrepierna de la mujer salvajemente, como hacía desde que entrara allí a trabajar. Ana alargó los brazos y acarició el pecho del hombre, fuerte de gimnasio diario desde hace más de treinta años, con el vello blanco, y sonrió tras rozar sus pezones, excitándole más.
- Eres toda una putita profesional… como sabes lo que me gusta.
- Son muchos años VIctor - dijo sonriendo y gimiendo Ana, disfrutando del polvo de su jefe.
La madre de las Riveros gozaba del sexo, era como su hija Natalia, una puta de verdad, y era feliz haciendo lo que hacia, y era así desde hacia mucho, desde que empezar a prostituirse y conoció marido, que habia empezado a trabajar con su padre, allí en el despacho, y enseguida empezó a ir a su casa como cliente habitual varias noches enteras follandola durante toda la noche por todas partes. Cuando cumplió los diecinueve, le pidió matrimonio, se casaron, y con veinte años, nació Natalia, y luego, una por año, hasta que tras Cielo Riveros, se ligó las trompas, le encantaba el sexo sin condón, y estaba harta de tener que usarlo si no follaba con Joaquín, por eso, ahora, Victor, descargaba un torrente espeso y blancuzco dentro de ella entre gemidos de placer y sonrisas complices.
- ¿Y ahora…? - dijo relajándose sobre ella Víctor mientras a medida que se .
encogía dejaba la polla salir sola del coño encharcado.
- Ahora…a esperar a que papá acabe la reunión y a su despacho.
Sonriendo, Victor acarició las tetas de Ana y mordió sus pezones, haciéndola gemir sonriendo.
- Lastima que yo tenga ahora una reunión también, si no, me sumaba.
Ana sonrió, miró a Victor y le beso en la boca, saboreando el cigarro habano que el hombre se había fumado antes de entrar ella.
- Eres increible… Siempre has sido mi favorito después de Joaquín y papá.
Y dejándose caer por entre el hombre y la mesa, notando la corrida escurrir por sus muslos, agarró la polla del socio de su padre, y tras meterla en la boca, empezó a mamarla.
Tras descalzarse sus botines y dejar dentro los calcetines ejecutivos que llevaba, Mikaela abrió la casa de los Riveros con su propia llave, que tenía desde hacía cuatro años, cuando empezó a trabajar limpiando la casa con dieciocho, y dejando fuera su calzado, como era costumbre en todas las casas de la familia, entró.
Mikaela era hija bastarda de Alberto, el abuelo de la familia
La madre de Mikaela, Valeria, llegó a Madrid cuando sólo tenía dos años de la mano de su madre, Alexandra, huyendo de las mafias rusas y un marido que la maltrataba.
Alexandra, que tenía veintisiete años, y la niña, vagaron por la ciudad pidiendo limosna hasta que un día de diciembre cercano a la Navidad, mientras pedía aterida de frío y harapienta, con sus pies descalzos sucios y encogidos saliendo de una falda mugrienta y rota, con la pequeña Valeria en brazos, se le acercó un hombre de buen ver, alto, fuerte, bien vestido, y la dijo que si quería un hogar, el se lo podía proporcionar a cambio de quedarse de interna trabajando. La joven, con los ojos llenos de lágrimas, agradeció la compasión de esa persona que no era otra que Alberto, el abuelo de Cielo Riveros.
Cuando llegaron a la casa, una elegante vivienda de dos plantas en un piso del barrio de Salamanca, muy similar a la que tiene ahora Joaquin, la mujer de Alberto, Lorena, atendió a las recién llegadas proporcionándoles un baño caliente, ropa limpia, y comida. Les presentaron a sus dos hijas, Sonia, la mayor, de nueve, y Ana, la pequeña, de dos, como Valeria. Las dos niñas congeniaron enseguida y se hicieron muy amigas, a los pocos días, Valeria ya chapurreaba español perfectamente.
Esos primeros días, en los que Alexandra se recuperaba de la malnutrición y una pulmonía que había cogido los últimos días mendigando, comprobó que Ana y sus hijas iban siempre descalzas por casa. Entonces recordó cómo al llegar, en el descansillo del edificio, había visto varios pares de zapatos de mujer, pero no de hombre, y se fijó en que Alberto, si iba calzado por casa. No le dio importancia, ni siquiera cuando le dijeron que ella debería ir descalza. Había vivido meses descalza mendigando.
Alexandra tardó un par de días en empezar a trabajar, tras recuperarse del todo de la desnutrición y el frío, el día que iba a empezar, por la mañana temprano, se sentó con sus dos caseros y estos le contaron lo que se esperaba de ella y cómo debía trabajar. Asustada por lo que le decían y pedían, le dijeron que, si no aceptaba, la volverían a dejar en la calle e incluso llamarían a inmigración y volvería a Rusia. Sin más remedió, aceptó.
Y así empezó a trabajar limpiando y cocinando, sin más ropa que un delantal. Cuando bajaba a la compra, se vestía con cualquier cosa que tuviera, pero siempre sin ropa interior, y antes de entrar a casa, debía descalzarse y dejar su calzado en el rellano. Aquella rara y difícil situación se le hizo normal a los meses, y cuando Alberto la llamó una tarde a su despacho y le dijo que quería follarla, estando Lorena delante, Alexandra simplemente se quitó el delantal y se abrió de piernas para él.
Así, los años fueron pasando. Valeria y Ana se hicieron grandes amigas, iban juntas al mismo colegio, y eran uña y carne.
Cuando Sonia iba a cumplir los dieciocho, y tras ser de nuevo follada por Alberto, en esa ocasión en la cama, Alexandra se enteró de la tradición familiar de desvirgar a las hijas en la mayoría de edad, vaginal y analmente, advirtiendo que cuando Valeria, que era una hija más, pues la habían adoptado legalmente, los cumpliera, también pasarían por ese trámite. Alexandra, que ya disfrutaba de su nueva vida, en la cual no le faltaba de nada, y que disfrutaba del sexo incluso con la propia Lorena, dijo que no habría problema, y se preparó para cuando llegara el momento ir hablándolo con su hija, aunque Alberto se aseguró que de eso, como con Sonia y como pasará con Ana, se encargaría Lorena, al igual que con ella, se encargó en su día su madre.
Así pues, cuando poco después de que Ana cumpliera los dieciocho los cumplió Valeria, Alberto, desvirgó a Valeria, dejándola embarazada al momento. En aquella ocasión fue Pedro, el abuelo de Ana, quien folló el ano de las dos niñas ya adultas. Hoy día, Pedro, que enviudó hace años, apenas puede moverse, va casi siempre en silla de ruedas y vive en el pueblo, cuidado por sus nietos y bisnietos, pero recibiendo aún satisfecho alguna mamada que otra por parte de las mujeres de la casa y Valeria, que vive allí con ellos mientras Alexandra, aún está al servicio de Alberto y Lorena, viviendo allí junto a su nieta, Mikaela, a la sazón hija de Alberto.
Tras entrar en el cuarto anexo a la cocina, donde se cambiaba, MIkaela salió únicamente con el delantal puesto y con la fregona en el cubo con el agua llena mezclada con lejía, bolsas de basura bajo el brazo, y un plumero en la otra mano, subió las escaleras para empezar a hacer las habitaciones, empezando como le habían pedido por whatsapp por al de Natalia, que hoy había tenido sesión larga esa noche. Efectivamente, a pesar de la ventana abierta, el olor a sexo impregnaba la estancia y eso excitó levemente a la chica que empezó a buscar por la habitación hasta encontrar en la papelera lo que queria, los condones que habian usado con Natalia. Los sacó y decepcionada, pero no sorprendida, los encontró vacíos. Pocas veces se encontraba un condón en esa estancia lleno, y aunque no sabía que hacía Natalia con ellos lo suponía. De haber entrado en la habitación de Katherine Riveros, los habría encontrado llenos y tirados en el suelo o sobre la cama, y habría usado su contenido para metérselo por el culo o el coño, algo que hacía siempre que tenía ocasión, incluso con los que usaban con ella, cuando acababan de follarla, delante del cliente, que miraba atónito, se metía dentro de sus agujeros íntimos el contenido blancuzco y espeso del profiláctico. Mikaela no estaba en la web de Joaquín, iba por libre, Alberto lo había decidido así, la chica era su ojito derecho, y era él quien se encargaba de sus citas, todo por teléfono, desde páginas de contactos y foros, llevándose la mitad de lo que ganaba.
