–Estás haciendo mucho ruido Cielo Riveros, creo que tendré que hacer algo para silenciarte.
Antes de que ella pudiese decir algo, el profesor se había puesto de pie y caminó hasta donde yacía su cabeza recostada sobre la manta. Ella alzó la vista y vio su verga y su saco sobre ella mientras se acercaba cada vez más a su rostro. El Profesor Castillo se había posicionado sobre su cara, Cielo Riveros separó los labios y engullo la longitud que ahora entraba en su boca. Él se apoyo sobre sus brazos y rodillas, al principio movía las caderas lentamente de adelante hacia atrás, dejándole acostumbrarse a su tamaño. Cuando notó que Cielo Riveros tenía la mandíbula más relajada, acercó su cabeza a su sexo y volvió a lamer su clítoris.
Al sentir aquella lengua hurgar entre sus pliegues, Cielo Riveros fue consumida por una lujuria salvaje, mientras el placer entre sus piernas aumentaba con cada lamida que el Profesor le propiciaba, ella le siguió el ritmo, chupando su verga lo más que podía. Ahora sus gemidos estaban notablemente mitigados por la carne caliente que arremetía contra su cara. A pesar de que ella estiraba el cuello para tragar lo más que podía de su sexo, había momentos donde le faltaba el aire, ya que por la posición ella no controlaba cuánto chupaba, él simplemente mecía su pelvis y se cogía su boca una y otra vez, llegando hasta el fondo de su garganta.
Los gemidos de Cielo Riveros hicieron que la piel de su cabeza y su tronco vibraran, su verga ahogaba los gritos de éxtasis que ahora desprendía por el orgasmo que la tenía sacudiendo las caderas violentamente. Si permanecía un poco más así se vaciaría en su boca, pero el quería llenarla de leche en otro orificio, por lo que se levantó de su posición, dejándola temporalmente expuesta.
Contempló su cuerpo joven, regodeándose ante la escena de ver sus tetas grandes y suaves moviéndose al compás de su respiración entrecortada y el triángulo de su sexo a plena vista mientras que sus licras y ropa interior estaban por sus tobillos.
–Ahora acuéstate boca abajo Cielo Riveros.
Cuando lo hizo, aquellas nalgas redondas y voluptuosas estaban allí para su placer. Se arrodilló, dejando que las piernas de Cielo Riveros quedaran entre las suyas. Recorrió la grieta de sus nalgas hasta hallar su húmeda abertura. Tras esparcir su humedad, colocó su cabeza lisa y rosada en su entrada y penetró su raja.
Un gemido estrangulado brotó de los labios de Cielo Riveros al sentirse embestida por su profesor. Sintió su pecho apoyarse sobre su espalda y susurró en su oído.
–¿Te gusta Cielo Riveros?
Entre jadeos excitados ella respondió.
–Sí, profe, sí. Me encanta como me lo metes. Qué rico. Está demasiado rico.
–Te. Gusta. Así. –dijo, cada palabra enfatizada por una brutal embestida de su sexo en su coño.
–Sísísísísísísísí, –respondía, su afirmación extendida en un solo aliento como un mantra.
–¿Puedo pedirte algo Cielo Riveros?
–Sí profe, lo que quiera, pídeme lo que quiera.
–Quiero llenarte ese culito de leche. Quiero metértelo por el culo, ¿me dejas?
Solo vaciló un segundo antes de decir– ¿Duele mucho?
–Solo un poco al principio Cielo Riveros, pero si te relajas ya verás que se sentirá muy rico. Anda muñeca, déjame ser el primero en abrirte ese culito. Te lo quiero llenar de mi leche.
–Está bien profe, lo que usted quiera. Quiero que me llene el culo de leche.
Sacó su verga del guante caliente de su sexo, separó sus nalgas y vislumbró el circulo oscuro de su ano. Escupió, mojando aquel nudo cerrado con su saliva para luego perforar su esfínter con su glande.
Cielo Riveros resolló de dolor ante la invasión de su verga en aquel orificio virginal, pero aún así trató de relajarse, quería complacerlo.
–Respira profundo muñeca, solo duele al principio, –dijo mientras presionaba su miembro entre sus nalgas, forzando aquel círculo apretado a estirarse para recibirlo completamente.
Cielo Riveros jadeaba, con cada centímetro que avanzaba, un remolino de sensaciones extrañas la asediaban a medida que la penetraba.
–Ya casi –murmuró mientras hincaba sus dedos en la carne de sus nalgas mientras contemplaba como el culito de Ana engullía su verga.
–Me duele profe –gimoteó.
–Relájate Cielo Riveros. Lleva tu mano y frótate el clítoris.
Ella introdujo su mano entre la manta y su cuerpo y halló su pepita, apenas empezó a frotarla sintió que el dolor en su culo empezaba a transformarse en un placer erótico que jamás había sentido antes.
–Así es muñeca. Frótatela rico.
Contrajo el ceño en dolor cuando lo sacó un poco para volver a entrar, pero con cada embestida la incomodidad cedía para darle paso a una creciente sensación de placer. Al principio dolió, pero el Profesor Castillo tenía razón, a medida que se enterraba en ella con una cadencia más acelerada, ella empezó a alzar las nalgas para complementar su ritmo.
Aquel anillo nunca antes penetrado ahora se contraía y apretaba alrededor de su verga, el Profesor Castillo se la estaba cogiendo intensamente, sus caderas hacían un sonido seco cada vez que se estrellaban contra sus nalgas.
El único ruido en medio de ese rincón escondido entre los arbustos eran los gemidos de ambos y el choque de su piel colisionando mientras se entregaban al placer perverso de su encuentro clandestino.
–¡Qué rico como me coges por el culo profe! –exclamó Cielo Riveros, rendida totalmente ante el gozo obsceno que le provocaba el Profesor Castillo enterrando su verga hasta el fondo de su culo–. ¡Ay sí, así, así! ¡Entiérramelo todo profe!
Él la agarró por el cabello, halando su cabeza hacia atrás mientras decía–. ¿Te gusta así Cielo Riveros? ¿Te gusta cuando tu profe te lo mete por el culo?
–¡Sí profe! ¡Sí! ¡Métemelo hasta el fondo!
El Profesor Castillo la siguió embistiendo con pasión salvaje, enterrando su verga en lo más profundo de aquel culito. Cielo Riveros seguía frotando su clítoris con un ritmo implacable y la inevitable ola de placer escalaba en su interior hasta que su cuerpo fue sacudido por un orgasmo de una intensidad antes desconocida. Sus gemidos eran sollozos de éxtasis mientras su cuerpo convulsionaba una y otra vez, la descarga eléctrica de su clítoris por la llenura de su culo le nubló la razón, cada aliento un grito desgarrado.
–Qué rico acabas Cielo Riveros. Estoy a punto de correrme muñeca. Tu profe te va a llenar ese culo de leche.
–Sí, por favor profe, ¡lléname el culo de tu leche!
Al sentir aquel canal prohibido ahorcando su sexo, el profesor percibió como sus bolas se apretaban y su verga se contraía antes de soltar el primer chorro de semen caliente y viscoso. Su esencia salía a borbotones, inundándola. Tenía el culo tan lleno de su leche que hilos blancos y pegajosos se deslizaban de su orificio cada vez que sacaba su verga para volverla a meter.
Siguió cogiéndola por el culo con menos rapidez mientras se vaciaba en ella.
–Eso se siente increíble, –murmuró Cielo Riveros, sintiéndose delirante y desconectada de la realidad.
–¿Ves que solo tienes que experimentar cosas diferentes para descubrir tus talentos? Sin duda en esta lección de física has sacado la nota máxima. Siempre serás mi mejor alumna.
–Eso es porque usted es el mejor profesor –respondió Cielo Riveros con una sonrisa traviesa.
Se retiró lentamente de su cuerpo, contemplando la perfecta O abierta de su ano al sacar su verga.
FIN
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