Cielo Riveros hacen anal por primera vez
Cielo Riveros estaba jadeando, era la última en llegar al claro donde el resto del grupo estaba esperando por ella.
–¡Por fin! –dijo uno de sus compañeros de clase–. ¿Podemos seguir, Señorita Jiménez? Tenemos como quince minutos esperándola, y si seguimos a su ritmo llegaremos demasiado tarde como para bañarnos en el río.
Varios chicos más secundaron su opinión.
Cielo Riveros miró el suelo avergonzado, nunca había sido muy adepta a los deportes o actividades físicas, y por culpa de ella el resto del grupo tenía que andar a su ritmo.
El Profesor Castillo se acercó hasta la Profesora Jiménez y empezaron a conversar en voz baja; mientras Cielo Riveros recuperaba el aliento, se quedó maravillada contemplando el paisaje. Era su último año de secundaria, y a modo de despedida, se había organizado una excursión para acampar en las montañas. A pesar de que varios estudiantes no habían asistido, eran un grupo numeroso. Además de la señorita Jiménez y el señor Castillo, dos profesores más se habían ofrecido para guiar la excursión y supervisar a los muchachos.
El Profesor Castillo alzó la voz y se dirigió al grupo.
–Los chicos más rápidos vayan con el Profesor Otero. Los que van a velocidad media irán guiados por la Profesora Silva y Profesora Jiménez, y yo iré de último para acompañar a los estudiantes que necesitan ir más despacio.
Todos empezaron a recoger sus bolsos y emprendieron la marcha. Cielo Riveros tenía su morral a sus pies y bebía agua de una botella. Su pecho aún subía y bajaba con la respiración acelerada, presionando su generoso busto contra el escote de su camiseta. El Profesor la observaba de soslayo y se relamió los labios, imaginando como se sentirían aquellos jugosos senos en su boca.
–No te sientas mal por no ir a la misma velocidad que los demás Cielo Riveros, –dijo a modo de consuelo.
Ella lo miró y sonrió con timidez antes de responder–. Gracias profe, la verdad es que siempre he sido muy lenta.
–Quizás en excursiones, pero yo sé de primera mano que en mi clase resuelves los problemas antes que cualquiera de tus compañeros.
Esta vez su sonrisa iluminó su rostro. Ella era una de las mejores estudiantes, y tenía calificaciones sobresalientes en materias numéricas, como en la clase de Física del Profesor Castillo.
Con tono más bajo, el Profesor Castillo dijo–. Te apuesto que una chica tan lista como tú simplemente no ha encontrado una actividad física en donde has logrado sobresalir. Todo es cuestión de experimentar.
Las palabras de su Profesor estaban cargadas con un doble sentido que le hubiesen sonrosado las mejillas de no estar acalorada por la caminata. ¿Acaso era posible que el Profesor Castillo se le estaba insinuando? La sola idea de que él estuviese interesado en ella más que una alumna hizo que su corazón se acelerara. Siempre le había gustado, era un hombre que a pesar de sus cuarenta años estaba en muy buena forma. Sumado a eso su cabello oscuro y rasgos masculinos, varias chicas de la escuela cuchicheaban entre ellas acerca de lo bueno que estaba el Profesor de Física.
Antes de iniciar la excursión, Cielo Riveros nunca imaginó la lección de Física que le daría su adorado profesor.
Cielo Riveros batalló contra su timidez y aprovechó que estaban a solas en aquel majestuoso claro, rodeados del frondoso verdor del paisaje y el cielo azul.
–¿Qué clase de actividades físicas cree que debería probar? –dijo con un tono que imitaba aquel doble sentido que había insinuado momentos atrás.
–Se me ocurre uno en particular que pudiésemos experimentar ahorita. –Dijo girándose para encararla. Se acercó a ella en pocos pasos y alzó su cara hacia la suya con un dedo bajo su mentón, besando sus labios con sensualidad.
Cuando terminó el beso, Cielo Riveros abrió los ojos y lo miró, la emoción galopaba en su pecho como un corcel desbocado.
–¿Quieres?
Ella solo asintió a modo de respuesta. Después de consentir a su propuesta, el Profesor Castillo rodeó su cintura con los brazos y presionó su cuerpo núbil y curvo hacia el suyo. Cubrió sus labios con los suyos, devorando su boca en un beso hambriento. Sus manos no perdieron tiempo en deslizar de su cintura hasta su trasero, apretando su voluptuosa carne entre sus dedos.
Un gemido escapó de sus labios cuando sintió sus manos hurgar bajo la liga de sus licras, trazando el triángulo de su tanga antes de enganchar el dedo medio bajo el hilo y ocupar su lugar, perdiéndose entre la grieta de sus nalgas. Su dedo pecaminoso momentáneamente toco el círculo oscuro de su ano, para seguir y perderse entre los pliegos de su raja. La sensación de besarlo y sus caricias tan explícitas evocaron una ráfaga de humedad de su interior. Su crema recubría el dedo de su profesor y empezó a contonear las caderas mientras seguía sobando la entrada de su coño. Cielo Riveros resolló cuando sintió aquel dedo penetrar su hendidura. Su mano seguía acunada entre sus nalgas, separándolas levemente mientras el dedo medio entraba y salía, resbalando en su nata.
Su otra mano subió hasta sus tetas, y sin pudor alguno haló la camiseta y su sostén para revelar un pezón que se irguió bajo la presión de sus yemas que lo pellizcaban con tal intensidad que la sensación de placer estaba bordeada de un pequeño dolor que lo hacía aún más estimulante.
Cielo Riveros tenía la mente cegada de placer, cuando tocó el bulto rígido entre sus piernas apretó sus músculos interiores, anhelando tener al Profesor Castillo enterrado en su canal.
Cuando dejó de besarla, ella gimoteó a modo de protesta, pero él le dijo en ese momento.
–Sígueme.
Reajustó la camiseta, cubriendo su seno expuesto y sacó la mano que había estado metida en sus licras. Antes de moverse, se llevó el dedo a la nariz, inhalando su aroma cítrico para luego chupar la extremidad, saboreando su crema frente a ella. Lejos de intimidarla, Cielo Riveros sintió un chispazo en su pepita al ver a su Profesor chuparse el dedo que hace instantes estaba enterrado en su raja.
Entonces tomó su mano y la guió fuera del sendero hacia los árboles. Después de andar unos minutos se detuvo.
–Aquí, –dijo señalando un espacio rodeado de arbustos. Sacó una manta de su bolso y la colocó sobre la grama–. Acuéstate aquí.
Cielo Riveros hizo lo que le ordenó y el Profesor Castillo se quitó la franela y los pantalones cortos, quedando completamente desnudo salvo por sus botas de montañismo.
Su verga estaba dura e hinchada, se quedó allí parado unos momentos, dejando que Cielo Riveros lo contemplara. Ella estaba embelesada, sus fantasías no se comparaban a la realidad de ver al Profesor Castillo parado sobre ella completamente desnudo, su virilidad surgiendo como un roble de su cuerpo.
Entonces el Profesor Castillo inclinó el cuerpo, primero arruchó la camiseta por encima de su pecho, revelando esas dos suaves colinas. Se llevó un pezón a la boca, chupándolo con fuerza mientras estrujaba sus tetas con las manos, pellizcando el otro pezón entre los dedos. Tras chupar y morder sus sensibles picos, enganchó los dedos en la liga de sus licras y tanga, bajando ambas prendas hasta que quedaron en sus tobillos.
Se arrodilló frente a ella y alzando sus tobillos sujetados el uno al otro por su ropa, posicionó sus piernas alrededor de su cabeza. Instantes después, Cielo Riveros gemía y se retorcía mientras la lengua del Profesor Castillo lamía su raja mojada y su pepita. Alzaba las caderas, buscando fundir su sexo contra la boca que la estaba comiendo. Un gozo decadente la invadía, pero cuando sentía su placer escalar, el profesor retiró su boca y se desenredó del abrazo amarrado de sus piernas.
