-Don Apolinar R, oiga no... Deténgase, me tengo que ir déjeme eeee mis padres me regañaran.
-Ay mijita. Anda no seas malita. Que te cuesta. Solo uno, rapidito y ya.
-No don… es que no. Entiéndame.
-Ni modo mijita. Namas déjame bailar otro rato contigo. No sabes cómo me gusta tenerte así conmigo.… No creo que vaya a tener otra oportunidad para tenerte así a mi lado. De aquí para que vuelvas… Mejor déjame un rato así contigo. Nunca he estado con una princesita así tan bonita como tú él volvía a endulzar con sus palabras a la niña hecha hembra
– Don Apolinar… -decía la bonita con aire resignado y un enternecimiento que le volvía a ganar.
-Nada más un ratito, siiii. Tienes un cuerpo, pero bien rico mijita. Ándale. Dale gusto a este pobre viejecito que se conforma con estar contigo, aquí, solo, en su cumpleaños.
La mujer con esa compasividad sincera, que la hacía vulnerable, sentía que sería actuar mal negarse a esa forma de generosidad, la única que podría entregarle a este desdichado (y libidinoso) viejo. Además, este ya se había detenido en sus avances con ella, dejándola menos atosigada, diciéndose ella misma que mientras resistiera nada podría pasar a mayores.
-Ok. Pero solo un rato más porque de verdad, me tengo que ir si no mis padres pueden regañarme. Y que conste que lo hago por su cumple nada mas ¿ok? –decía la nena como justificando lo evidentemente injustificable, a sabiendas de que con esto la dejarían en paz libertad. Colocó sus manitas en el pecho de su acosador y estas viajaron, hasta los hombros.
-Gracias mi vida. Me haces, pero bien feliz. No sabes lo rica que estas.
La esplendorosa colegiala, con poco más de sosiego, podía poner atención a ciertos detalles, como el sudor incansable del viejo, el aroma del sudor o, y de manera precisa para ella, aquella dureza que estaba vacilando por su vientre que se movía, precisamente, con cada paso, cada movimiento del baile, posicionándose justo a la altura de su parte más que sensible.
Un cosquilleo curioso e impertinente le atacaban de manera involuntaria. Trataba, básicamente de alejarse lo más posible, cosa infructuosa dado que ella era la que estaba presa, así que seguía siendo víctima de sus propios y rebajados cosquilleos, mordiéndose los finos labios, como si con eso intentara contener lo bien que la estaba pasando.
Miraba hacia otra parte pero siempre caía en la grotesca, aunque llamativa para ella, cara del degenerado, que de repente dejo que sus manos nuevamente bajaran de la cintura de la chica y ya no tan disimuladamente agarraba una de las nalgas de la nena.
La nena aguardo, querer seguir desistiendo era una batalla perdida, o eso quería pensar, pues según ella tan pronto terminara con el ‘bailecito’ dejaría de ser ‘manipulada’ de esa manera.
Nada más que esto servía para alentar al hombre, era muy obvio, porque sus avances fueron más propensos y eran ya una especie de tanteo de todo ese par de duras nalgas medio desarrolladas, sobándolas a más no poder a su antojo.
Así pues, la pobre jovencita solo lograba contenerse manteniéndose abrazada al inconsistente cuerpo del vejete, permitiendo los sobajeos, cada vez más predispuestos a una consecuencia de los que cualquier hombre tendría al tener a tan joven niña. Ella lo justificaba todo, en base a que simplemente era parte del ‘regalo’ que un pobre viejecito rogaba lastimosamente y ella no siendo una chica malvada no debía negarse.
Pero es también que ante tales manoseaos en su cintura y sobretodo sus nalgas y esa grosera punteada de verga que recibía su vientre, que poco a poco, fue víctima de placenteros éxtasis en su vagina iba produciendo esa humedad lubricante, que se potencializo aún más cuando el viejo, con más intrepidez que maña, buscaba dedearle el orificio posterior bajo sus nalgas. Fue un gusto tremendo para la hermosa nena, que sentía incluso como se escurría su vagina, una sensación tan indescriptible y solo digna para su propio cuerpo El viejo no se atrevía del todo a acariciar ese grandioso lugar dado que aun creía en la posible resistencia de la chamaca. Lo que lo hizo alentarse fue esa respiración pesada que la colegiala maquinaba, señal inequívoca de la precisa debilidad que esa mano le causaba y prueba de ello fue que ella misma, con arte erótico, paraba su muy bien proporcionado culito para que este hombre tuviera mejor acceso y este empezara a escarbar sobre ropa.
El viejo verdulero estaba que no se la creía. La increíble realidad le estaba permitiendo derechos sobre una nena muy pero muy lejana a sus condiciones y predispuesta para él. Llevó sus manos hacia la cadera de la chica y con paso intrépido la rodeo para poder girarla y quedar pegado por detrás de ella. La colegiala, que había actuado negligente ante estos movimientos, podía sentir la dureza de aquel falo que la chocaba con entereza justo en medio de sus nalguitas, sintiéndose altamente nerviosa llevándola a un éxtasis indescriptible sobre toda su anatomía. Aquella erección empezó a friccionar con más ganas como si el viejo verdaderamente la estuviera penetrando a placer, maniobrando al mismo tiempo unos toscos palpamientos en la zona vaginal. La nena realmente empezaba a disfrutarlo, trataba de evitarlo sus cansadas respiraciones, sus ahogados gemidos, ese apretar de labios y sus ojos cerrados eran tentativa de ello.
El hombre prácticamente la estaba masturbando, aun cuando solo estaba tocándola por encima de sus liviana faldita y aun así ella no podía resistirse, se sentía tan rico todo ello que permitió que este bajara sus manos por sus muslos y de nueva cuenta volviera a subir pero ahora por debajo de su falda, recorriendo su tanguita y manoseando su vientre plano, sin ningún modo, ni siquiera un gesto involuntario, toda ella cedía al placer ajeno del verdulero
He señalado algunas palabras en negrita pero podría haber señalado más.
Todas ellas hacen alusión a menores de edad. Debería revisarse todo este relato y todos los otros que se han colocado, que bien podría haberse colocado en un solo hilo, como único relato.
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